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Friday, March 11, 2016

Romance Hindu XIV

Mahābharata
Una versión de
Michael Dolan, B.V. Mahāyogi

Romance Hindu XII
La Incredible y Triste Historia de un Amor Prohibido Por los Dioses:
Nala y Damayanti





Nala y Vahuka: El Enano Mágico
Mientras el extraño príncipe serpiente desaparecía en el bosque, Nala quedó confundido. Su cuerpo ardía con la mordedura de la serpiente.
Pero al correr el veneno por sus venas, su cabeza se aclaró por primera vez en días. Se vio a sí mismo de nuevo en el espejo de agua y vio el rostro feo de un viejo enano retorcido con dientes de conejo y cejas pobladas. Una barba negra como el carbón completaba su horrible apariencia. Gordo y chaparro, estaba vestido como conductor de carreta. Ni su propio auriga, Varshneya, estaba mejor vestido. Se preguntaba qué habría sido de Varshneya.
De pronto recordó a Damayanti. ¿Qué había hecho? ¿Qué lo poseyó para abandonarla en el bosque? Conforme disminuía la influencia de Kali, su consciencia le pinchaba. Pero no era momento de lamentarse. El veneno de la serpiente se movía a través de su cuerpo, animando sus pasos. ¿Qué había dicho el príncipe Naga? Que debía ir a la ciudad de Ayodhya, en donde algún día el Señor Rama gobernara muchos años atrás. Ahí esperaría el momento oportuno hasta que llegara la hora de recuperar su reino. Aún había esperanza.
Se puso de pie y se sacudió el polvo. El olor acre de madera quemada todavía flotaba en el aire. Pero el sol se elevaba sobre las montañas y pudo ver la senda a Ayodhya a través de la niebla.
“Mi nombre ahora es Vahuka”, pensó Nala. Miró hacia el reflejo de su imagen en el arroyo, sonrió. “Sí, el Naga tenía razón. Este es el disfraz perfecto. ¿Quién me reconocerá? Tomaré la senda hacia Ayodhya y buscaré ahí al rey. ¿Cuál era su nombre? Rituparna. Iré a ver a Rituparna y entrenaré sus caballos por un tiempo”.
Y fue así que Nala, en la forma del enano Vahuka, empezó a descender por el camino que conducía hacia Aydhya, tras unos días arribó. Atravesó la gran puerta de la ciudad y llegó al palacio del rey cuyo nombre era Rituparna. “Vahuka es mi nombre” cantaba, “y los caballos mis juego”.
Quiso la suerte que el propio Rituparna entrara en ese instante al patio del palacio, sentado en su carruaje. Pero los caballos estaban disgustados. Halaban la carroza en todas direcciones.
“¡Alto!” dijo el conductor de la carroza mientras halaba las riendas. Los caballos corcovearon mostrando sus dientes blancos. Se rehusaban a obedecer. El carro se volcó.
Justo entonces el rey vio al enano, robusto y musculoso, de pie ante los furiosos caballos. Quien colocandose los dedos regordetes en la boca silbó a través de su barba. Los caballos lo miraron. Sacudieron sus crines. Susurró un mantra en una lengua extranjera. Los caballos plantaron sus cascos y agitaron sus colas y luego quedaron quietos, como reflexivos. Se acercó entonces al enfurecido semental negro. Incapaz de elevarse más palmeó las patas del caballo. “Quieto”, dijo. “Soy yo. Tranquilo ahora. Muy bien”. El caballo permaneció quieto, feliz de recibir el afectuoso contacto de Vahuka el enano.
Tras calmar los caballos, el poderoso enano se inclinó sobre el rey y levantó la rueda del carro que le aplastaba el pecho. Ayudó a Rituparna a ponerse de pie. “¿Quién eres?” dijo el rey con una sonrisa, mientras se sacudía el polvo.
“Mi nombre es Vahuka, y los caballos son mi juego”.
“Eso veo”, dijo el rey. “Llegas justo a tiempo. “Me temo que mi auriga no está muy experimentado”.
Para entonces el conductor había regresado, escarmentado por el accidente. “¡Jivala! Regresa” dijo el rey. “Conoce a Vahuka. Es nuestro nuevo entrenador de caballos. Puedes aprender mucho de este hombre” Volviéndose hacia Vahuka, el rey dijo, “Nos ayudarás ¿no es así?”
Vahuka el enano mágico se inclinó ante el rey. “Permite que me presente”, dijo. “Soy Vahuka, nadie en la tierra se iguala a mí en domar sementales salvajes, en enganchar a un carro caballos de fuego o en la carrera de caballos. Doy consejos sabios en asuntos de Estado y no soy ajeno al uso de las armas. Soy experto en las artes culinarias. Con un simple contacto, produzco fuego”.
Y de hecho hizo aparecer chispas volando con un chasquido. Las chispas volaron hacia la paja seca que estaba junto al carro. Las brasas se desplegaron por una brisa ligera y estallaron en una llama sutil.
“También puedo atraer agua desde cualquier sitio” Y chasqueando de nuevo los dedos tocó la tierra y un hilo de agua brotó desde el suelo y extinguió el fuego.
Jivala, ahí parado, estaba asombrado. “¡Este enano es verdaderamente mágico!” dijo al rey.
Vahuka continuó, “Soy bien conocido por mi arte culinario. Estaba de camino hacia Vidarbha o tal vez Nishadha, porque esos reinos tienen buena reputación, pero como tengo cariño al Señor Rama, no podía omitir visitar el hermoso Ayodhya, el reino de Rama”.
Y el Rey Rituparna dijo, “Oh Enano Mágico, Vahuka. Has mostrado destreza con los caballos. Estoy seguro de que tienes tanta experiencia en la cocina como la tienes en el establo. Quédate con nosotros en Ayodhya. Ayúdame con mis caballos. Te pagaré en monedas de oro y plata del reino. Te nombraré amo del establo. Jivala aquí te asistirá en todo lo que necesites”.
Vahuka se inclinó una vez más con ostentosa reverencia. “Como lo desee, señor”, dijo.
Damayanti Vaga por el Bosque
Y así, Damayanti viró hacia el norte, a lo largo del río cristalino, que fluye hacia el mar, hasta que llegó a la montaña sagrada. Los picos altos subían al cielo. La montaña sagrada estaba surcada de vetas de metales preciosos como el oro y la plata. Entre sus riscos corrían riachuelos claros llenos de ópalos y piedras preciosas y sagradas. Y a través de esas colinas se movían elefantes, regios en su porte.
Y mientras caminaba la consolaban las exóticas melodías que cantaban pájaros extraños. No había palemeras aquí, sino altos y majestuosos árboles perennes que se elevaban desde el suelo. Mariposas naranjas volaban entre las jamaicas florecientes mientras caminaba por los huertos de árboles cargados de frutos dorados.
Damayanti estaba perdida. Se mantenía con los frutos dorados, continuaba su camino. Pero, ¿era éste el camino hacia Vidarbha? ¿O Ayodhya? ¿O vagaba sin rumbo adentrándose más y más en el bosque?
Sintió que caminaba en círculos, perdida y olvidada. ¿En dónde estaba Nala? ¿En dónde su rey arrogante? Enloquecida de dolor miraba a su alrededor consultando a los árboles del bosque, decía, “O majestuosos señores del bosque, libérenme de mi miseria. Muéstrenme el camino hacia mi rey. ¿En dónde está Nala?
Y mientras pasaba entre los árboles de frutos dorados, caminó tres días más hacia la región del norte y poco a poco llegó a un bosque de árboles de Ashoka. En esos bosques sabios santos habían hecho su ashram.
Ahí, grandes maestros como Brihigu y Atri y Vasistha habían vivido de vez en cuando, llevando a cabo sus votos de penitencia y austeridad. Entre esos sabios había yoguis místicos quienes vivían del aire y el agua, vestidos con la corteza de los árboles, buscando la forma de vivir correcta y la senda de la inmortalidad. Algunos usaban pieles de venados y se sentaban en posición de loto en asientos de hierba kusha, meditaban en la naturaleza divina. Y cerca de ellos las vacas pastaban. Los monos jugaban en los árboles ashoka. Loros multicolores cantaban en ritmo sánscrito. Y ahí las almas santas tenían su morada hecha de madera. Bocanadas de humo se elevaban de sus chimeneas, calentando el aire frío.
Pero mientras vagaba largamente, el valor de Damayanti se restableció. Su frente hermosa brillaba. Una sonrisa llena de gracia adornaba sus labios rojo cereza. Sus largas trenzas negras se movían con la brisa. Su desgarrado sari apenas y ocultaba sus delicadas caderas y su adorable pecho cuando pasó al círculo de los santos ahí reunidos. Y Damayanti se maravilló al ver la reunión de santos refugiados en el follaje verde de los árboles ashoka. Al ver a la noble princesa entrar al bosquecillo, los sabios salieron de su meditación y la saludaron.
“Bienvenida, hija mía”, dijo uno. “Ahora estás en casa, hija mía”, dijo otro.
Así reconocida por la reunión de esas grandes almas, la perla entre las mujeres, Damayanti tomó refugio en el ashram de la montaña. Se le ofreció un asiento y algo de comida de la ofrenda sagrada, prasadam. “Por favor siéntate”, dijeron. “Dinos, ¿cómo nos has encontrado? ¿Cómo llegaste aquí? ¿De dónde has venido y cuál es tu propósito?”
“Oh Santos, ustedes de verdad son bendecidos, viven entre almas santas, siguen una vida de dedicación a lo divino. Ustedes están benditos con sus fuegos de sacrificio, su sagrada adoración. O inmaculados, su servicio desinteresado es una bendición incluso para las bestias y los pájaros. Pienso que Dios en su misericordia infinita les ha bendecido tanto es sus deberes como en sus hechos”.
“Todo es Su gracia”, contestaron ellos. “¿Eres la diosa de este bosque o del río? Tu belleza es deslumbrante. Has de ser un ser divino. ¿O eres la señora de la montaña, que nos bendices en tu forma humana?
“No soy diosa”, dijo ella. “Tampoco ninfa del río ni apsara. Soy sólo una mujer. Soy Damayanti, esposa de Nala el gran héroe y rey de Nishadha. Soy la hija del rey Bhima de Vidarbha, pero he perdido el camino en esta bosque. No puedo encontrar a mi rey seguramente moriré de dolor”. Y ella les contó a los sabios de su amor por Nala y de cómo los dioses habían sido crueles y de cómo había perdido su reino apostando. “Él es un gran rey, valiente en batalla, experto con los caballos, feroz en la guerra, paciente en la paz. Es un buen gobernante para los pobres, castiga a los malvados, amigo de los brahmanes. Espléndido como el rey de los dioses. De hecho compitió por mi mano con el mismísimo Indra. Nala es un esposo y padre generoso. De algún modo nos separamos. Y he vagado de aquí para allá en su búsqueda. Pero me he perdido en este bosque. Y ahora temo que perderé mi ser. ¿Alguien ha visto a mi Nala? ¿Ha pasado por aquí el monarca de Nishada? Si no lo encuentro pronto, tal vez abandonaré este cuerpo mortal y hallaré la bienaventuranza celestial que todos ustedes buscan. ¿Cómo soportaré mi existencia sola y en el exilio?
Los sabios dijeron: “Oh bendita. El momento llegará. Lo vemos. Con poderes místicos podemos ver el futuro. Vemos que tu futuro traerá felicidad. Vemos a Nala, el tigre entre los hombres. Tú estás a su lado. Pero primero has de pasar por un largo período de dificultades. Ustedes habrán de estar juntos de nuevo. Pronto verás a tu rey. Anota nuestras palabras”.
Y así diciendo, los santos, con sus fuegos sagrados desaparecieron ante sus ojos. En un instante desaparecieron los fuegos de sacrificio. La ermita sagrada se desvaneció. Sus chozas humildes y sus celdas de meditación desaparecieron. No salía humo de los sacrificios de fuego. No dejaron cenizas. Incluso las vacas y los monos contentos que se balanceaban en los árboles se habían ido, se esfumaron.

El suelo del bosque en el bosquecillo de ashoka estaba desierto y polvoroso.


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